Apenas hacía unos minutos que ella se había marchado y decidió quedarse en casa, pensando. No se atrevió a salir por la puerta. Nervioso, con el pecho congelado y las manos inquietas, empezó a dar vueltas. Pasillo, pasillo, habitación, pasillo. No entendía nada. ¿Qué me sucede?, pensó. Al cabo de un rato se calmó. No es nada, sólo un poco de inestabilidad momentánea, se dijo.Llegó la hora de la cena, pero no tenía demasiada hambre, sólo un poco de sed. Fue a la cocina, abrió el armario, cogió una taza, fue hacia el fregadero y lo vio. Un vaso, el típico vaso de cristal estrecho que hay en todas las casas, y recordó que ella lo había dejado ahí después de beber el agua que él le había ofrecido. Puso la taza de nuevo en el armario y cogió el vaso. Abrió el grifo y lo llenó otra vez. Con una calma poco habitual, lo acercó a su boca y bebió lentamente. Al acabar lo observó unos instantes, los bordes, el contorno cilíndrico, las gotas olvidadas en el fondo, las marcas de los labios de ella… y lo volvió a dejar en el fregadero. A fin de cuentas todo el mundo sabe que las tazas son para el café y el agua sabe mejor en cristal.

